56.- QEPD

El color del cielo crepuscular me da lo mismo, pero ella habla y habla y habla de las magníficas tonalidades que la inspiraron. Se para frente a la pintura, explica una técnica que utilizó, de una brocha de determinado tamaño, de un efecto que le copió a cierto pintor que conoció en la universidad o en un café de esos que ella suele visitar pero que nunca me invita porque de todas formas, ella lo sabe, yo nunca aceptaría. Ni somos tan amigos. Entonces me alejo con cualquier excusa. ¿Dónde está el baño? ¿Quién está sirviendo la bebida? Ella dice nos vemos después.

Alguien toma un micrófono, dice uno dos tres probando, un dos, dos tres. Luego llama a Pineda. ¡Nuestra amiga Pineda!, la presenta. Pineda dice que es incómodo hablar así, con el cubrebocas que no sirve para nada. Se lo quita con coraje. Risas. Da las gracias a los presentes. La obra que hoy vemos aquí es el fruto de muchos años de trabajo. Es difícil definir el arte con palabras, dice. Hoy lo va a intentar. Dice que el arte es más relevante que cualquier noticia. Es más significativo que cualquier amor, que el arte es el amor. Que el arte… El arte es más poderoso que cualquier plaga. Más duradero que una enfermedad transitoria. Que la fotografía es la nueva memoria. Que la pintura es la posibilidad de soñar. La literatura es la precisión de la razón, de la sabiduría. Que la danza es la expresión tangible de los sentimientos. La vida para mí, amigos y amigas, es irracional, pero el arte la pone en orden. La gente aplaude. La mamá llora. El padre asiente con gravedad. La abrazan entre muchos. Un hombre la levanta en hombros. Ella levanta, más arriba aún, la copa que sostiene en la mano, como dándole crédito al líquido que tiembla, se desborda y cae sobre los que desde el suelo le recuerdan sus éxitos.

Ahora se abre la subasta, dice una voz. Las personas se organizan en grupos y recorren los espacios frente a las pinturas. Me doy cuenta que algunos no ven los cuadros; avanzan rápido, sólo leen la técnica y las dimensiones anotadas en una tarjetita blanca y pasan al siguiente. Como curioseando en el supermercado. Me siento incómodo, tanto que me llega una picazón extraña en los tobillos. Me lastima el peso del día negro sobre los huesos.

Salgo de la galería, subo a un taxi, y en quince minutos estoy en casa. Me derrumbo en el sillón. Agotado. Con lágrimas; porque ahora sí, por fin, estoy solo. Estiro el brazo para recoger de la alfombra el libro que leía en la mañana, antes de salir al trabajo, antes de aceptar de mala gana la invitación a la galería, antes de saber que el autor había muerto. Abro su poemario en cualquier página y leo acerca de una felicidad que no siento en estos momentos.

Carlos Calles

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