Mi casa estaba hecha un desastre. O tal vez yo. Por primera vez en mucho tiempo me desperté ese lunes sin la paranoia del reloj. Dormí en mi estudio aduciendo que me la pasaría leyendo y escribiendo toda la noche. La verdad es que no leí nada y sólo logré escribir algunos renglones que terminaron en la papelera de reciclaje. Estaba embotado. Para colmo de males, lo que restaba de esa mañana se veía hermosa. Dios es el mejor de los sarcásticos. Tengo que admirarle su sentido del humor. Me agrada el tipo. Sentía la cabeza explotarme. En lugar de proyectar el futuro me la pasé bebiendo. Ni siquiera me dio por escuchar música. El estruendoso silencio de la madrugada fue mi acompañante. Los niños fueron a la escuela y mi mujer supongo que andaba a por ellos ya a esas horas.
Habían pasado quince días desde que me desocuparon de mi antiguo trabajo. Me encontraba un tanto resentido. Dándole vuelta a la vuelta, ya todo estaba hecho, a lo único que llegué fue a lo mismo: me corrieron. Pensé en muchas cosas. A cada rato me preguntaba en qué había fallado: si dije algo que le molestara a mi jefe sin que me diera cuenta, o algún comentario inoportuno con gente de igual forma inoportuna. La crisis económica que se vive actualmente es lo que nos está orillando a tomar medidas extremas, me dijo el jefe de personal. La verdad es que nos queremos quedar con gente de menor sueldo y, dada la situación, que hagan lo mismo por menos. Espero lo entienda, remató. Claro que no lo entendía. Pero qué remedio. No he buscado trabajo, todos estos días he estado luchando para evitar una depresión. La búsqueda ha sido aceptar mi realidad. No me esperaba este golpe: llegó y me noqueó. En la bebida encuentro un aliciente pero se que no ayudará a resolver mi situación. Tengo algunos proyectos pero en estos momentos me siento inútil: Inservible.
Fui al refrigerador en busca de una cerveza. Me las terminé en la noche. Una necesidad imperiosa por beberme una bien helada se apoderó de mi boca reseca. Bebí un poco de agua. A mi estómago no le resultó nada grato. La punzada en mi cabeza se acrecentó. Después de hacer cuentas con lo de mi liquidación, alcanzó para pagar la gran mayoría de las deudas y para irla pasando algunos meses mientras encuentro otro trabajo. Me quedé con algo de dinero para mí. Gran parte me lo gasté en diversión: libros, películas, discos, vino, cerveza y mujeres. Me quedaba muy poco: algunos museos son gratis. Me acerqué a la puerta. El perro me vio y no ladró, ni siquiera movió la cola, bueno lo que le queda de rabo porque se lo cortaron hace tiempo dizque por su bien. La empresa hizo recorte de personal también por su bien. Hijos de su perra madre. El perro me veía lento. La piltrafa que veía no era de peligro. Se dio medio vuelta, se acostó, levantó una pata y comenzó a lamerse sus partes. Pensé en imitarlo. No quise insultarlo, bueno, a todos los perros: tienen dignidad.
Tomé el poco de dinero que me quedaba. Me alcanzaba para artículos de higiene personal, unas resmas, cartuchos de tinta y una buena dotación de cervezas. Decidí ir al súper caminando. Cuando salí el perro se me acercó. Me lamió los dedos por entre los huaraches que llevaba. Sonriendo le dije que se quitara, lo tomé de las orejas para que me lamiera las mejillas. Un breve esbozo de ternura se me brindada y no lo iba a desperdiciar con mis patas. Se quedó en su lugar. Caminé despacio, la cabeza me retumbaba.
Entre más avanzaba, más maldecía. No podía creer que dejaran en mí puesto a Barberarza, si es un imbécil. Para colmo dejaron como su ayudante a Feligrández: otro pendejo. Aun no logro dominar eso: ser indiferente. Supongo que con el tiempo lo lograré. Astutas, las flores de una casa vecina me sorprendieron. Volví a maldecir. Estaban hermosas, horriblemente flores. Me sentí un zorrillo apestoso, no me quise detener para que mi esencia no las marchitara. Presuroso me regalé un vistazo de reojo. Me estaban dando olfato, la tentación fue muy grande. Conforme tragaban mis pies asfalto, la sed se acrecentaba. Por el trayecto vi o se me hizo ver a algunas personas con tapa bocas. Mi mujer los utilizó hace algún tiempo cuando se tatuó la cara. Le delinearon la boca y las cejas. Quedó como boxeador apaleado, toda hinchada, utilizaba los cubrebocas de forma que nada mas se le vieran los ojos. Al entrar al súper, me bañó una ráfaga de aire artificial que tienen en la entrada. Busqué una canastilla, el personal de la tienda también llevaba esa especia de bufandas, supuse que era una nueva medida sanitaria. O simplemente un nuevo reglamento para fastidiarlos. Fastidiaban con impuestos voraces, que más daba ahora que también la dependencia de salud tuviera ha bien llenar sus arcas cobrando multas a los incautos.
Lo que más pesaban eran las hojas de papel, y eso que estaban en blanco. No quiero imaginarme cuanto será su peso cuando escriba sobre ellas: me daba ánimos. Cuando me dirigía a pagar, me detuve en la sección de vinos. Me les quedé viendo como a unos amigos que no veré en un buen tiempo. Aunque no lo creo, con los amigos siempre hay forma de estar con ellos. Pensé en comprarme la cerveza en esa tienda, pero me gusta que sea enfriada en hielo. De regreso a casa llegaría a un depósito para surtirme.
Pensaba que de un momento a otro los niños y mi esposa estarían llegando de la escuela. Por el pasillo, en unos enormes televisores vi que los conductores de un noticiero daban las noticias con tapabocas. En todo el momento que estuve parado ahí sólo hablaron de un supuesto brote de influenza. Las clases, en todos los niveles estaban suspendidas. ¿Entonces donde estaban mi esposa y mis hijos? En la capital cerraban restaurantes como si una caterva de maleantes entrara y les quitara el bocado de la boca. Cines y teatros cerrados. Aquí intentan que este fin de semana desaparezca del Barrio Antiguo. En poco tiempo frente al televisor me di cuenta que todo se lo está llevando la chingada. Días antes recibimos la visita del nuevo presidente de los Estado Unidos. Y ahora esta epidemia de Influenza Porcina, como ha sido catalogada, mordiendo la pandemia, es la nueva visita que nos hace el honor. Se me hace que son lo mismo. Sospecho que esta es una nueva estratagema del club Bilderberg. Todo mundo necesita un héroe. Igual a mi qué me importa, cada quien con su nuevo mesías. El espíritu del tiempo sobrevuela oscureciendo todo con su manto.
Delante de mí estaba una señora terminando de pagar. Se tardó un poco en lo que le sellaban los vales con los que había pagado. Me entretuve hojeando una revista. La niña que le ayudó a embolsar todo se retiró cuando pasaban mis productos por el ojo eléctrico. Al frente de las cajas registradoras, delante de mí estaba un niño de la edad de mi hijo. Era un estudiante, lo delataba el uniforme y la mochila en el piso a un lado de él. Tendría algunos ocho años. Movía una pierna en actitud nerviosa, como cuando tienes ganas de orinar. Deduje que esperaba a su mamá o se había salido de la escuela antes de tiempo. Se acercó con la cajera y en tono de suplica le pidió lo dejara empaquetar. La muchacha le dijo que ya sabía que no se podía. También le dijo que el supervisor andaba cerca. El niño insistió, diciéndole que el supervisor ya se había ido a comer, cosa que era cierta porque no vi a ningún intendente rondando. La cajera se detuvo en mandar verificar el precio de las resmas. El niño ni siquiera me vio, tal vez por mi calidad de arlequín. Llorando, el niño le explicó su situación: padre despedido y mamá enferma. La cajera, viendo a su alrededor, brindándome una sonrisa nerviosa de un segundo con el tapabocas en el cuello, le dijo que se apurara, que aprovechara entonces que el supervisor no estaba. Me sentí un puerco. Nunca creo en lo que veo, menos en lo que dicen, pero las lágrimas de ese pequeño me dictaron toda una enciclopedia en todo el tiempo que tardó en cobrarme la cajera. Conmigo utilizó una bolsa para los paquetes de hojas y otra para lo demás: no llevaba gran cosa.
El cambio, junto con lo que tenía para mis cervezas se lo entregué al pequeño. Tal vez el nudo en la garganta que me ahogaba me quitó la sed o la calmó. De regreso, arranqué una flor y me embriagué de su aroma. El peso del sol me escurría por todo el cuerpo pero me sentí fresco. Los pies estaban húmedos. Me quedé sin dinero. En los últimos días no había leído nada. En el rostro de ese niño leí lo más importante hasta ese momento en mi vida. Ese tipo de libros son de un valor incalculable.
Adrián Pérez