El día en que nació –más bien se desató- la noticia de que el Distrito Federal padecía de Influenza, yo me levanté tarde, sin tiempo para prender la televisión y mucho menos dar una hojeada al periódico.
Al llegar al trabajo, y antes de ir por mi taza de levanta muertos, encendí la computadora para dar una rápida revisada en internet de las últimas novedades. Nada más abrirse la primera página se hablaba del terror que estaba causando un virus de gripe entre los mexicanos.
-¿Vas por café?
No terminé de informarme. Al reunirme con los demás el tema de conversación era justo ése que había medio escaneado en la computadora. Todos parecían más enterados que yo –y a decir verdad lo estaban… yo no había avanzado más allá de que era una gripita-, pero nadie coincidía. Unos decían que había vacunas, otros que eran cientos de casos, otros que sólo veinte, una confusión total, pero me di cuenta que fuera lo que fuera, amenazaba con regar el pánico.
Investigué un poco y supe el nombre y apellido de la “gripita”: Influenza Porcina.
Los medios de comunicación marcaban la pauta de la creciente angustia, y si ésta se sentía en mi norteña ciudad, no podía ni imaginarme lo que sería para los capitalinos. Ellos debían de estar experimentando las de Caín.
Al los pocos días escuché del temblor en el Distrito Federal, no lo podía creer, esto me hizo pensar que a la naturaleza le urgía hacer recorte de personal.
En el transcurso de los días, todo empeoró. La histeria se hizo mi vecina mucho antes de lo que yo me imaginaba, creía que tardaríamos un poco más en contagiarnos pero el miedo se esparció más rápido que el mismo virus.
Lo constaté al entrar a un restaurante.
Todos los meseros llevaban cubrebocas, sentí que la portadora de la enfermedad era yo y que todos se estaban protegiendo de mí. Esa fue la primera señal de pánico que vi en mi ciudad. Y no sería la única.
En los coches, familias enteras portaban el cubrebocas, todo parecía tan irreal, casi de película. Las personas evitaban saludarse de mano, ni pensar en hacerlo de beso. Traté de no contagiarme pero más de una vez me descubrí retrayendo la mano y corriendo a lavármelas lo más rápido posible.
Los últimos días las cifras han subido y bajado a placer de quién informa. En internet se han empezado a manejar especulaciones acerca del origen de la atención que la enfermedad ha generado, teniendo como resultado un sin fin de posibilidades que no sé si sean ciertas.
Por lo pronto, sea especulación o no, un simple estornudo mortifica.
Alisma