La epidemia omnipresente. Las quietas calles, poca circulación de coches. La gente, – cabeza agachada -, tapabocas y pañuelos, ¡cuidado con las vías respiratorias!
La actividad comercial, de servicios y restaurantera: detenida; los sitios transaccionales, dependencias federales y privadas: cerrados.
Mi dedo afuera de la ventana: siento la densidad del tiempo evanesciendo en partículas…así de lento pasa.
Pero pasa: lo veo apacentarse en todo lo que toca: roza a la planta y le deja una flor: roza a mi coche y lo deprecia: roza a mi casa y la devalúa: me roza a mi y me aparto dos pasos como si de algo sirviera. Roza las palabras, las pule como el río a la piedra.
El tiempo es al aire. Se posa como el polvo trayendo quietud benévola sobre una población calladamente apanicada.
Alivia mucho ese silencio, este apacentamiento humano involuntario, pero nunca se le quita esa cicatriz de desesperanza.
De la calle vienen los gritos. Es el guardia explicándole a la vecina porqué no vino el jardinero. “Es que estaba cansado, por eso se tomó la mañana libre”, “Crudo será”, replica ella con enojo que enfatiza con portazo.
Me río mucho. El tiempo empieza a fluir como un aplauso.
Elia Martínez-Rodarte