¿Cuántos besos morirán en el intento, autocensurados por los propios interesados, si de por sí las féminas ya los rechazaban mirando de soslayo y apretando los puños, deteniendo así cualquier tentativa de escaramuza tendiente a tomar por asalto ciertos labios deseados, pero nunca disfrutados por algunas timideces y otras incidencias propias de las limitaciones personales (como el instinto de conservación) y no necesariamente por falta de ganas, sino porque los dientes son posesión preciada y no hay por qué arriesgarlos en repentinos antojos totalmente justificables y de pretensiones mayores a las que se suponen, pero es que a veces no hay de otra y sólo queda proteger la integridad (y la identidad) detrás de algún nada romántico tapaboquillas cariñosas o, ¿no es por esa contingencia que los usamos?
Eligio Coronado