Una cerveza levanta el ánimo a cualquiera. Fue un sábado por la tarde. Llegué de mi trabajo cansada, la semana se me había hecho demasiado larga y con los calorones de este maldito desierto lo mejor fue llegar por unas cervezas que metí al refrigerador. Mientras me daba un chapuzón, de pronto escuché ruidos. Era mi hermanita que llegó con su novio.
Mis padres se habían ido de viaje. Mi papá es trovador y a veces sale a tocar a bares, un bonito hobby que nos encanta. Por el sabemos de Silvio, Serrat, Pablito Milanés. Pues bien, del bar lo invitaron para una fiesta del dueño, por eso se fue, se llevó a mi madre. De seguro regresarían el domingo, dijeron. Mis padres pertenecían a la época en que se hablaba de la revolución cubana, los derechos sociales y el feminismo. Aun había restos de ello después de tantos años de matrimonio.
En fin que mi hermana se puso a ver películas con el novio. Yo me fui y me encerré en mi cuarto. Coloqué las cervezas en una cubeta, puse el hielo en cuadritos para mantenerlas frías. Desnuda sobre la cama escuchaba a Edgar Oceransky. Solo quería descansar. No sé cuántas veces le di vuelta al disco que ya me encontraba en la última cerveza cuando sonó el teléfono. Era mi amigo que llamaré aquí solo como el amigo vacacionista. Nos conocimos en un curso de verano. Después de un par de años regresó. Al parecer hizo buenas amistades.
Me preguntó que qué hacía y que si sería bueno vernos. Ya era de noche y yo a mis recién cumplidos años como mayoría de edad me era difícil salir a esa hora. Así que le dije muy valiente que no había problema y que nada más me cambiaba, que me esperase en la esquina. Yo saldría a su encuentro. Me asomé a la sala. La televisión estaba encendida y sobre la mesa había una vasija con palomitas y un refresco de dos litros, vasos. A ellos no los vi pero supuse que se encontraban recostados en el sillón grande.
Salí. Es decir, me escapé. Antes de eso volví a poner el disco de Edgar. Brinqué por una ventana. El amigo vacacionista ya me esperaba en un coche. Cuando nos conocimos ya habíamos coqueteado tantito y pues una sabe cuando uno quiere. Así que me invitó a su casa. Es decir un cuartito que rentaba, una especie de departamento para soltero. Llegó solo. Como yo ya andaba media ebria me sentía de lo mejor. El aburrimiento pasó así que casi no platicamos y nos dejamos llevar. Al parecer él también había tomado. Su cuarto tenía varias botellas vacías de cerveza y papas fritas. Nuestros cuerpos al encontrarse como que se reconocieron. Yo era un algodón de azúcar color rosa y él un Hersys bajo fuego. Fue una relación de alto voltaje. Pero…
Yo creo que a veces las mujeres tenemos la culpa pero también ellos. Ellos por buscar sólo su placer sin tomarnos en consideración más que para el galanteo. Nosotras porque se dice por ahí que la que lo quiera pues que lo trabaje. Quiero decir que no solamente es cuestión de trabajar en ello, sino en dejarte llevar, relajarte, de no pensarlo mucho, no solo concentrarte en lo que estás haciendo sino en lo que estás sintiendo.
En fin, que tuve esa aventurilla con mi amigo el vacacionista, aunque el afamado amigo, ni siquiera llegó. Fue una linda travesura que guardo dentro de mí y que no comparto con nadie. Tú has sido el primero. Pero sigo creyendo, que las cervecitas hicieron su efecto.
Erick