PROEMIO
-No mames, Giovanni se azotó.
-No, güey, claro que no; escribió en chinga, loco. Sacó todas las historias que se sabía. Y de la peste, lo dice con respeto.
-Te digo. Se azotó.
-¡Que no, camión! Lee, desde la primera página. Se encierra y se propone relatar cien novelas, fábulas, parábolas, historias. Dice que eso ocurrió, mira, lee, “durante el pestilencial tiempo de la pasada mortandad”.
-¿Y?
-Sí, y también dice que la peste pasaba de una persona a otra.
-Giovanni se azotó.
-¿Y Lorena?
-No, ella no.
-¿Por qué, pinche mono?
-Porque nos pide que recordemos el susto que se llevó Giovanni, al que se le cayeron los calzones, como al juez, que no entiendo cómo se los bajaron enfrente de tanta gente. Tanto, que Giovanni se encerró a escribir y pensaba que estaba con diez de sus cuates, cuatas, más bien, porque ellas eran ocho.
-Cien.
-En diez días, diez personas contaron cien cuentos.
-Ahora, por la red, deberán ser mil.
-¡Cállate, camarón! Igual se azotó.
-Pues qué bueno. Ya perdonaron a los cerdos; ahora es peste entre humanos. Que vacunen con Rexona, que no te abandona.
-Por poco se cargan a Obama. Es una peste terrorista.
-¿Así empieza tu cuento?
JORNADA DE ENCIERRO
Laura de Córdoba tenía unas nalgas de sueño. Y sus senos competían con los de Salma. Pero por la influenza las playas quedaron sin gente y tuvo que ponerse sus pants Adidas para correr en el bulevar, con tapabocas y con el ombligo al aire.
Regresaba mojadita, se desvestía desde el primer escalón y en el último volteaba y decía te adoro, te adoro, pensando en el cheque que le había dado. El día que se resbaló dijo ¡ay, güey!, pero siguió su desfile. Claro que la prefería con el bikini blanco. Gregorio la cuidaba con los binoculares, trepado en la camioneta Chrysler, la fábrica que tronó en estos días.
Yo terminaba el desayuno y me iba dando un portazo para que ella se enterara. Sabía que se iba a asomar para que le viera los senos, o el cabello con espuma, o la cerveza en la mano y la boca.
Era hermosa. Gregorio la cuidaba, o eso creía yo, porque uno nunca cree que los guaruras sean como santos varones que hacen votos de castidad. Y no digo más para que NO ME ACUSEN DE MALA LENGUA AL HABLAR de ellos, los santos. Creo que Gregorio no apreciaba la belleza de Laura sino lo buenísima que estaba. Así que guardaba los binoculares, subía las escaleras y se bajaba los calzones, pero nunca se atrevió a entrar al baño. Lo digo porque un día regresé y lo vi, como un perro, cogiéndose el piano.
No, Laura no podía estarse quieta. Salía a las once, casi siempre se llevaba el mini cosa amarilla y se metía a Liverpool, donde nunca compraba nada, era el paso hacia otras tiendas, subía y bajaba más rápido que las escaleras eléctricas; parecía la continuación de sus ejercicios.
Tenía que saber bien su rutina para no topármela si iba yo con Laura Dos, una mujer que aparte de ser deportista no acostumbraba ir a la playa ni a correr al bulevar. Laura Dos jugaba tenis en el Britania y tomaba café como si ya no fuera a haber más en el mundo. Las nalgas de Laura Dos eran maravillosas. Sus senos no eran espectaculares pero hacían perfecta combinación con su vientre, su pubis, sus muslos. Vestida o desvestida, claro.
No he visto amas de casa desesperadas pero me han platicado algunos episodios y, bueno, todos conocen mi opinión de los guionistas gringos. Nada que ver, truculencia, exageraciones que terminan en alguna pifia. Prefiero la vida real.
Laura compraba algo y salía para reunirse con sus amigas en alguno de los quinientos cafés nuevos que han abierto en la ciudad. Luego, comería sola, porque yo comía en el departamento de Laura Dos, excepto los fines de semana porque los pasábamos en Córdoba.
El drama empezó cuando el maldito de Gregorio se cansó del piano, supongo, y un día me vio con Laura Dos. Por eso lo iba a denunciar a la policía cuando se adelantó a mi idea. Se había metido al departamento de Dos y andaba buscando un lugar cómodo para disfrutar del baño que se daba Dos, mi Dos, entienden, cuando ocurrió algo fantástico, para todos menos para Gregorio.
Laura Dos tenía tres televisiones en el baño porque le aburría atender la lentitud con que los locutores tratan los asuntos. Pero ese día, que no sé si fue el primero pero sí que fue el último, se fue la electricidad. Dos, enojada, gritaba como si hubiera un atentado terrorista allí mismo y al salir del baño vio a Gregorio que se había quedado pasmado, al verla; al verla desnuda, se entiende.
Nada de yo te adoro. Laura Dos nunca se hubiera desnudado frente a una cámara. Y los ojos de Gregorio al ver el cuerpo de Dos fueron para ella algo peor que ocho cámaras. Así que sacó una de las pistolas que tiene por todos lados y disparó sin más.
Gregorio se había dado vuelta para dirigirse a la puerta y la primera bala le dio en la parte derecha de la espalda y unos segundos después, me dijo Dos, dejó de respirar.
Conozco a mi gente, así que no dudé de lo que me contó Dos. Llamé a mi primo en el MP y le di un beso a Laura Dos, convertida en amazona olímpica. Estuviste muy bien, le dije; mejor que Angelina Jolines.
Laura de Córdoba no lee periódicos, dice que le quitan tiempo y la foto de Dos con la pistola levantada hacia el fotógrafo fue una noticia que se perdió.
Nota del escritor. En realidad, Laura de Córdoba se llama Filomena, pero ella siempre ha preferido que le digan Mena, o Laura. Yo de cariño le digo Laura de Córdoba, por su aroma de café que yo adoro.
Jaime Velázquez