Nadie podía predecir las consecuencias de una peligrosa pandemia ni los habitantes del país entendieron la gravedad de la misma, hasta que los medios de comunicación incorporaron a su agenda de noticias el nombre de la influenza porcina que desde el 16 de abril estaba ya en los diccionarios de la Organización Mundial de la Salud y de la Secretaría de Salud de México.
El estudio de dos casos detectados impulsó la alerta y de pronto el domingo 26 de abril las autoridades federales decretaron un cerco sanitario y cancelaron las actividades en los centros educativos de todo el país, incluidas las instituciones de educación superior tanto públicas como privadas.
La televisión difundió de inmediato tan inusual medida de prevención por miedo al contagio masivo, y los correos electrónicos comenzaron a poblar las computadoras de muchos directivos y profesores de la UANL para certificar la ausencia de clases el siguiente día, lunes 27 de abril, apenas una semana después del descanso obligatorio de 15 días por Semana Santa.
El desconcierto y la sorpresa se apagaron cuando los programas televisivos ratificaron la orden federal y las autoridades civiles y universitarias del Estado ratificaron la necesidad de evitar la concentración de personas en sitios públicos y empezaron a lanzar recomendaciones sanitarias propias del evento en puerta.
Y la Univeridad Autónoma de Nuevo León quedó despoblada de alumnos en todas las escuelas y facultades, pues solamente se permitió el acceso al personal de las áreas administrativas. Muchos jóvenes creyeron conveniente hacer algunas precisiones de tareas con sus profesores y acudieron en forma aislada a buscarlos en distintas dependencias.
La orden fue determinante: ¡Todos a su casa y a utilizar cubrebocas!
Ciudad Universitaria, sus extensos jardines y edificios emblemáticos, así como los campus de Medicina, Mederos y los demás donde operan facultades y preparatorias, vivieron la soledad de una calurosa primavera con el sol candente como símbolo.
Días después se cambió el nombre de influenza porcina por el de influenza humana A H1N1 y se obligó a estrechar el cerco santitario con el desalojo de todas las empresas y negocios cuya actividad no es prioritaria o de primera necesidad, además del cierre completo de las escuelas y universidades del 1 al 5 de mayo.
Se apagó el vocerío en todos los rincones de la UANL. Cesó el ajetreo en todas las áreas y se pospusieron los planes y asuntos pendientes en todas las dependencias. Los mensajes electrónicos encontraron cauce frenético para continuar programas académicos o resolver dudas e intercambiar toda clase de teorías conspiraciuonales. sospechas, temores, dudas y conclusiones propias sobre tan raro fenómeno médico-sanitario.
La UANL conformó un equipo especial encabezado por el Rector, Ing. José Antonio González Treviño, para dar cauce a las inquietudes de la comunidad universitaria y para asumir la responsabilidad de la comunicación oficial a fin de evitar la contaminación del ambiente con el disparo de indicaciones que suelen irrumpir por todos lados en estos casos.
La UANL puso a disposición de sus trabajadores los servicios médicos en casos de urgencia y dio a conocer el acopio de medicamentos para atender a quien presente síntomas de la influenza humana, pero también mantuvo en pie de guerra a su personal en el Hospital Universitario “José Eleuterio González” con el fin de que la población nuevoleonesa mantuviera la calma y se sintiera arropada en todo momento por científicos de comprobada trayectoria.
El lunes 4 de mayo, tras una larga reunión de casi tres horas entre el Presidente Felipe Calderón y los Gobernadores de los 31 Estados y, ¡oh sorpresa!, el mandatario del Distrito Federal, Marcelo Erbrad, se llegó al acuerdo de reiniciar las actividades laborales el miércoles 6 y el jueves 7 las clases en preparatorias y universidades, posponiénodse el retorno a las escuelas de educación primaria y secundaria hasta el lunes 11.
Hoy la UANL recoge esta efeméride en su larga vida de casi 71 años y tiene un anecdotario rico en chispeantes narraciones surgidas de los días en que sus instalaciones, sin ser vacaciones, se vieron desiertas y con la nostalgia del ambiente festivo de sus más de cien mil alumnos.
José Luis Esquivel