Archivos de la categoría ‘Ovario Fuerte’

76.- El virus no me perturba

mayo 6, 2009

Margarita no quiso esperarme, sabía que no puedo entrar a los elevadores y sin embargo no quiso acompañarme a las escaleras. Además, regresé a mi lugar para revisar que la computadora y la impresora realmente se hubieran apagado y creo que eso le molestó. Vi que aceleró sus pasos alejándose de mi, pero no quise rogarle de nuevo que aguantara un poco, que enseguida estaba con ella. Las mujeres y las máquinas me dan problemas. “Inicio, apagar y aceptar”. Son tres clicks para “apagar” y cuatro para “reiniciar”. Yo di tres clicks, estoy seguro, pero a veces pienso que cuando me volteo las máquinas reinician solo para burlarse de mi. A Margarita no puedo apagarla ni reiniciarla, sus burlas son inevitables, pero es la única en quien confío en la oficina, y aparte vive solo a tres cuadras de mi casa y pasa por mi todos los días. De no ser por ella tendría que usar el colectivo y yo no soportaría a tanta gente, a tantas personas distintas que jamás he visto antes en mi vida. Lo bueno es que en la oficina solo somos quince, nada más cuatro en mi área, y han pasado meses desde la más reciente contratación. Si no fuera por los requisitos del Lic. Landeros esto parecería banco en día de paga, como cuando Lucía Camacho era jefa de RH, entonces reclutaba a cada rato bastantes muchachitos inexpertos que cualquiera nos creería campus universitario en tiempo de matriculación. A veces pienso que Bruno Landeros se ha contagiado un poco de mis obsesiones, por eso me cae bien. Bruno y mi jefe sí me respetan, los demás solo buscan ridiculizarme. Volví a mi estación de trabajo y decidí mejor desconectar todo del regulador porque me di cuenta que seguía prendido un foquito del monitor. No es un simple fin de semana, que ya son difíciles, ¡serán cinco días de asueto, cinco!, y pensar que no podré retornar cada mañana a la oficina me preocupa. ¿Qué va a pasar con todos mis pendientes?. Estoy angustiado. Nunca he sabido manejar pequeños cambios, mucho menos estas medidas radicales. Solo la limpieza me reconforta. Ahora todos se asemejan un poco a mi y eso me reanima en algo. Hoy parezco normal. Ya no soy el único que lava sus manos cada media hora hasta por 20 segundos. Hay que contar, si no no sirve. El doctor dice que no se explica mi recaída porque los últimos meses la medicación había funcionado muy bien. Creo que mi serotonina no se conforma con los mismos antidepresivos. ¿Será que las obsesiones también mutan? Tal vez necesito más Litio y el Doc no quiere verme sino hasta el miércoles. ¡Qué voy a hacer!. “Marga la amarga”, como le digo cuando me enojo con ella, es una mujer impaciente, ¡qué le costaba venir conmigo!. Por su culpa me encontré solo con Horacio Leyva y tuve que abrazarlo de nuevo. De haber venido conmigo, Horacio se hubiera concentrado en Margarita, dicen que “está muy buena” pero yo no me fijo en eso, entonces no me pondría cuidado como siempre. Ya bastante fue la fiestita que armaron por su cumpleaños y por ser día del niño. ¡No podrían ser más infantiles! Desde que estoy aquí, y ya son tres años, he festejado más que lo que celebré en 21, pero lo peor vino cuando repartieron el pastel. Mi trozo era cuadrado, sí rectangular, y no pude soportarlo. Apenas me lo dieron comenzó un pequeño temblor en mi mano derecha. Tuve que sostenerla con la izquierda. Los pasteles circulares se cortan en sectores circulares, ¡qué acaso no lo saben!. Agradecí que la gula de Margarita me alejara de aquel grotesco postre. Tan pronto salí a la calle un soldado me entregó un cubrebocas dentro de una bolsa de plástico sellada. La abrí y me lo puse y pude respirar aliviado. Ojalá la influenza no se vaya nunca, al cabo nunca salgo más que para venir al trabajo. Así morirían los sucios, y yo pulcro como siempre lo he sido, sobreviviría. ¿Pero dónde está Margarita y su auto?. Margarita no ha querido esperarme. Sé que no puedo alcanzarla, pero la influenza lo hará.

Adrián Boyero

79.- Amor inmune

mayo 3, 2009

Voz en off  en la televisión:
“En la conferencia de prensa de esta mañana el Dr. Córdova anunció que el gobierno de México tiene más de un millón de dosis de antivirales que han demostrado ser un tratamiento efectivo contra este nuevo virus de influenza. Brigadas de la OMS….”

Llaman a la puerta. Pablo atiende.

- “Artemio, ¿qué haces aquí? En la tele dicen que debemos permanecer en nuestras casas… Bueno, no te quedes en la puerta, entra por favor”.
- “Necesitaba verte, Pablo. ¡Vivir en Santa Catarina jamás me pareció tan distante!”.
- “Pero si las calles están vacías, lo vi en las noticias. Habrás tardado cinco minutos cuando mucho… El tapabocas no me deja verlo pero sé que estás sonriendo, cabrón. Siempre pones esa mirada extraña cuando sonríes. ¿Qué hiciste, Artemio?. Estás raro. Algo te pasa”.
- “Pasa que ya no puedo más, Pablo… ¿VIH? ¿H1N1? Ninguna pandemia impedirá que te ame, ¡ninguna! ¡No puedo esperar un día más!”.
- “¡Hey! ¡Suéltame, ni siquiera te has lavado las manos!”
- “Vamos, chaparrito, no será la primera vez que rompas un tabú, esto me excita”.
- “Ya lo veo… ¡Inguesú! ¡Quítate el tapabocas y bésame!”. Tu amor es mi vacuna.

Adrián Boyero

90.- El amor en los tiempos de la influenza

mayo 1, 2009

Era miércoles y estaba recién declarada la fase cinco, pero no me importó. Tenía que verlo, quería verlo, necesitaba verlo.

Tomé una ducha. Mientras ese líquido maravilloso recorría mi cuerpo, en mi mente giraba la duda de si no la estaré “regando”. “Mejor no salgas”, me decía esa famosa y tan socorrida vocesita interior, pero esta vez con una gran dosis de pánico. “Ya es fase cinco, no vaya a ser…”

Salí de la regadera y comencé a vestirme. Seguramente mis pensamientos no alcanzaron a bañarse, ni a mojarse siquiera, porque seguían ahí, persistentes, autoinmunes. Dos días antes, el lunes, había salido a la calle dizque a tomar un café. Mi sorpresa fue encontrar el vips cerrado, y por supuesto, también el resto de establecimientos de ese tipo. Ni un solo changarrito estaba abierto, y terminé bebiendo el “agua de calcetín” de un Seven.

En las calles prácticamente vacías, como suele gustarme, ahora flotaba el virus del miedo y la incertidumbre. La poca gente que transitaba, lo hacía rápido y mirándose unos a otros con recelo. Si no es por una cosa, es por otra, pero siempre hay que desconfiar del otro, de la otra. Dicen que con las medidas de contingencia también ha disminuido la delincuencia, los asaltos. ¿Acaso no toman en cuenta el robo de nuestra confianza y tranquilidad? Y nuestro miedo a que nos roben se ha incrementado: el pánico a que nos quiten lo más preciado: la salud. Y así es como nos cuidamos de quien pase siquiera a un metro de distancia.

De pronto algo me regresó la serenidad. Algo más allá de los rostros azules y el ambiente desolador.  Era un parque, y no estaba vacío. Como si fuera el último refugio seguro en el mundo, había por doquier parejas amorosas. Abrazos, pláticas, arrumacos, besos, todo sin cubrebocas ni guantes. Sonrisas y contacto permanente, en medio de un entorno de miedo y soledad, era como un paisaje surrealista. Pero ver eso me devolvió la confianza que ya me habían robado.

Cuando terminé de vestirme, salí a abordar el microbús que me llevaría a la casa de él. Tardaba mucho. “¿Acaso no habría unidades?”. Comencé a sentirme culpable, como si estuviera a punto de cometer un delito. “¿Y si mejor no voy?”, dudaba ya, cuando el transporte apareció. Subí. Rostros azules en varios asientos. Miradas perdidas, otras tristes, interrogantes las más.

Llegué a mi destino y nos miramos a los ojos. Acostumbramos besarnos inmediatamente, pero esta vez nos llevó unos minutos. Pero fue suficiente. Nos olvidamos que era fase cinco, y nos desnudamos la mente y el cuerpo durante horas.

Dicen que el virus no sobrevive en el calor. Seguramente eliminamos cualquiera ante tanto fuego. También la sabiduría popular indica que el afecto refuerza inmediatamente nuestro sistema inmunológico….

Regresé a casa, libre de miedo, por fin. Me robaron la confianza unos días… pero los besos y el amor jamás.

Ovario Fuerte


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