Uncle Valdés: pues acá tu sobrino literario está convaleciendo de unos golpes y mataduras que unos tunantes me propinaron cuando trataron de asaltarme el pasado domingo. Salvo por una costilla que está fracturada, estoy bien (haciendo a un lado la humillación pues mis atacantes son menores de edad; humillación o sorpresa, decida usted).
No tiene esto nada que ver con lo de la Influenza, salvo para darle un sabor más a la constante decadencia de nuestro país (nuestro declive ballardiano, y lo digo on behalf del gran escritor inglés que decidió, como dicen los fanáticos de la serie Star Trek, trascender a otra dimensión –pushing daisies, pues).
En este campo semántico, que tres drugos la hayan emprendido contra mi solamente es congruente con la epidemia, el espectáculo de ver a la economía del mundo retorcerse como serpiente arrojada a una hoguera (John Varley dixit) y nuestra disfuncional democracia.
Ballardiano: una ciudad paralizada, llena de rumores. No cualquier ciudad. Una de las más pobladas. Escenario cyberpunk: la gente camina por las calles llevando mascarillas que recuerdan calaveras con motivos prehispánicos (Luz Virtual, de William Gibson) rodeados de un paisaje urbano postindustrial, fallido, lleno de tecnología inservible, carente de sentido, perversa.
Bueno, casi… falta poco para que cubrebocas se vendan con diseños de Pineda Covalin. Ya hay una clara diferencia en las castas económicas de la Ciudad: los ricos los llevan blancos, redondos, eficientes, con detalles metálicos que dan la apariencia de autoclave, asepsia de quirófano; los pobres no llevan o reciclan cualesquier tela o papel con unas tiritas para mantenerlos en sus caras.
La Ciudad como un gigantesco quirófano: frase del corresponsal de El País.
¿La emergencia es real? Ya sabes, aparecen la vieja conseja del mexicano de no creerle a la autoridad. Debe haber un complot. Una conspiración que haría palidecer a los Protocolos de los Sabios de Sión. Hasta la OMS es de derecha y panista. El gobierno del D.F. pretende destruir al gremio de los restauranteros para imponernos el imperio de los tacos de suadero y los puestos de caldo de gallina.
Todos están confabulados.
Y mientras tanto, yo releo El Decamerón. Al rato, empezaré con Diario del Año de la Peste, de Defoe.
Defoe tenía cinco años cuando estalló la gran epidemia de peste en Londres. Un año antes del gran incendio de 1666.
Cabalístico. Al 2009 se le puede buscar algo cabalístico. Es mera numerología desbocada. Ocio de guarismos.
Daniel Defoe recopiló las leyendas, las incipientes estadísticas, los rumores. Recorrió abadías y cementerios privados, conversó con los sobrevivientes. Recuperó la memoria fracturada, postraumática, de la gran pandemia.
Carretadas de muertos rumbo a la hoguera. Tapabocas. Carniceros que pasaban la calderilla sobre recipientes llenos de vinagre en un vano intento de mercantilismo y asepsia. Londres infestado de Yersinia Pestis resplandecía ante el Támesis, sus cúpulas como bubones listos a reventar. Un verano inusualmente cálido.
La Ciudad no tiene un río caudaloso: tiene un arroyo infecto, el mal llamado río de la Magdalena. No lejos de donde viven mis padres, no lejos pues del lugar donde tres adolescentes me madrearon. Su botín: unos lentes marca Prada. Por una vez, la policía los aseguró. ¿Asegurar es un verbo? ¿y aprehender? El leguleyo sigue viviendo en el siglo XVIII. Como Defoe, eternamente fijo en el año de la Peste.
El río de la Magdalena desciende hasta Periférico, desemboca en la Presa Anzaldo. Un reguero de mierda, albañal a cielo abierto, como las acequias que recorrían al viejo Londres de la Restauración.
Tenemos suerte: el virus de la Influenza no es Yersinia Pestis (la cual, por cierto, es una bacteria) ni es el coronavirus del SARS que atacó el sudoeste asiático en 2003. No mata rápido; tiene un tratamiento que si se aplica en las primeras 48 horas es muy efectivo.
¿Por qué entonces mueren sólo mexicanos?
Incompetencia: doctores de un centro de salud del IMSS en Iztapalapa regresan dos veces a una menor de edad a su casa, con unas simples dosis de paracetamol. Muere luego de un par de días, en un hospital privado: neumonía atípica. Probablemente Influenza porcina.
México desmanteló sus centros de investigación y desarrollo dedicados a vacunas. En 1999 la OMS recomendó al gobierno la creación de institutos especializados en crear vacunas y tratamientos contra males endémicos con potencial epidémico. La Influenza, entre ellos.
Lo único bueno para mi que ha dicho el Subcomandante Marcos, hace ya varios años: violencia es el ver morir a los indígenas de enfermedades curables, pues mueren por la miseria y el descuido de las autoridades. No, no es cita textual: tengo mejores cosas que hacer que buscar el librito donde ERA publicó sus comunicados. Pero recuerdo esa frase o alguna similar. Y tenía, tiene, razón.
O quien lo haya dicho, da igual.
Ahora los mexicanos, sin importar si son indígenas o no, mueren de algo que en un país de primer mundo te manda al hospital por tres semanas. Y eso, si eres lo suficientemente estúpido para no ir de inmediato a un hospital.
No somos un Estado Fallido: simplemente, un Estado Imbécil. Con taras de nacimiento. Autista. Raquítico.
El paracetamol que le recetaron a la niña de Iztapalapa era un genérico. A mi, por una costilla fracturada, en una clínica privada, me dieron paracetamol de marca. Más que a ella. Claro, yo no tengo Influenza.
Manuel Camacho Solís “volvió a nacer”. Bien, me da gusto. Espero que no quiera en su nueva vida volver a ser Regente de esta Ciudad. Sobra decirlo, pero como buen malhora ahí voy: no se atendió en un centro de salud público. Yo tampoco lo haría. Para eso Camacho y yo tenemos seguros de gastos médicos mayores. Porque en México, además de los impuestos, debes procurarte tu propio sistema de salud. Si quieres una incapacidad, vas al IMSS. Pero rapidito y a paso veloz.
Defoe: cuando en una casa se detectaba un caso de peste, todos su residentes eran puestos en cuarentena. Los no infectados trataban de huir, sobornaban a los guardias puestos por el Lord Mayor de Londres. Cuando esos ardides fallaban, se sentaban a esperar como Yersinia Pestis acababa lentamente con ellos. Los muertos y los vivos convivían encerrados a cal y canto hasta el inevitable final.
En Londres se llegó a creer que la peste era transmitida por los perros y gatos. Miles murieron en una matanza orquestada por el gobierno de dicha ciudad. Las ratas, libres de sus depredadores urbanos, florecieron.
El incendio de 1666 arrasó buena parte de Londres. Luego de las cenizas, Christopher Wren, arquitecto de su majestad Charles, constructor de Saint Paul’s Cathedral, intentó con regular fortuna sanear a Londres, reconstruirla con un alcantarillado decente, calles amplias, una ciudad con aspiraciones modernas. Su fracaso parcial abrió la puerta a la Gran Pestilencia de 1850. Todo el Támesis, como el río de la Magdalena, un gigantesco drenaje a cielo abierto: en el siglo XIX el agente fue Cholera vibrium. Algo bíblico tienen los nombres de los gérmenes, todos ellos en latín. A los causantes de enfermedades pandémicas deberíamos ponerles nombres en arameo. Es otra lengua muerta, como el latín o el griego.
El Barón Hausmann tuvo más fortuna con París, otra ciudad de plagas.
Dudo que un gran incendió salve a través de la ordalía del fuego a la Ciudad de México. Y esto apenas será un capítulo más en un lento declive.. Si al menos estuviéramos frente a una gran plaga, una gran mortandad, como la que mató a Sor Juana Inés de la Cruz y a miles de novohispanos menos conspicuos…
Pero no será así. Esta Ciudad está condenada a sobrevivir maltrecha como mala bestia que es, con media estocada, en espera del descabello.
Sin remedio. Distrófica. Ballardiana.
Disculparás la diarrea discursiva. Es la costilla que no me deja estar en paz.
Salud.
Ramón López Castro