El beso fue abrupto, arrebatado, después de tantos equívocos y tanta demora en hacer coincidir el gesto con la palabra, la mirada con la sonrisa, las ganas con la oportunidad. Juan y María se sentían urgidos de reciprocidad. El momento les apretaba, se les hacía chiquito para vaciar las ganas acumuladas. Los labios se mordían, apretujábanse los rostros en un juego arrítmico de caricias desesperadas.
Era tal el ímpetu, el intercambio tan desbocado que, conmovido en sus fibras y huesos, Juan agregó al festín su llanto. Los líquidos salinos se tornaron dulces en los labios de María; y puesto que el juego era corresponder, las lágrimas XX se fundieron con las XY en las bocas. Temblaban extasiados y no tardó en trastocarse la sincronía; Juan tosió, lo que en modo alguno interrumpió la tarea desaforada de los labios. María recibió de buena gana ese y otros dos tosidos: era el aliento apasionado de su hombre.
Juan lloraba y tosía. En respuesta María hizo de su boca una ventosa que obligó a Juan a excretar un par de flemas tibias, mismas que de inmediato diluyó con su saliva. María liberó su lengua exploradora; mas la tos de Juan la hizo atragantarse. También ella tosió entre sollozos, ofreciendo un aliento que su amado recibió con infinito placer. Deseosa de explorar aún más la correlación, María inició el intercambio de saliva. El efecto fue sísmico en Juan, con epicentro en su pecho y efectos magnificados en la cuna del ADN. Ello, claro, tuvo su réplica inmediata en las noblezas de María. Ambos lloraban incrédulos ante la bienaventuranza de todo lo que se puede dar y recibir.
El amor hizo escurrir un hilillo transparente de la nariz de Juan. Esta vez, la secreción conservó sus atributos en las bocas insaciables. ¿Serán mocos? pensó María. Mas el amor, que todo lo puede, ahuyentó este pensamiento. Ella siguió degustando las delicias del amor en aquella mezcla catalizadora.
Los cuerpos se prensaban llamados a la unidad. A Juan le faltaban manos, un par le resultaba insuficiente ante tantos frutos que recoger; mientras que a María le faltaban sentidos y piel para recibir las caricias pródigas, golosas de que se veía cubierta. La comunión era espiritual, impúdica. Lo efluvios escurrían con profusión. La abundancia en el dar y recibir hacía tan desorganizado el intercambio, que para completar el festín del amor, a los flujos ya presentes se sumaron algunos olores cuya procedencia apenas intuyeron.
En este momento decisivo algo más sucedió. Cada uno recapacitó en su mismidad; los pensamientos llenaron sus cabezas; sintiéronse desnudos el uno frente al otro. Los besos perdieron dulzura. Se habían acumulado en sus bocas algunos grumos mucosos que iban y venían y la concentración salina, ni uno ni otro se atrevía a calificarla de agradable. En cuanto a los olores, cada quien los atribuyó al otro, ya con el ánimo trastocado. Los míos huelen más gacho, pensó Juan.
La voracidad fue menguando y la nube del éxtasis comenzó a desinflarse. Estos mocos no son míos, pensó María; y los empujó con su lengua hacia la boca de Juan, quien de inmediato reaccionó y exclamó para sí: ¡Te aguanto los pedos y aparte los mocos! ni que fueras miss universo, y le regresó la saliva viscosa. Duda y confusión hicieron presa de ambos mientras las lenguas forcejeaban. Por sí o por no, Juan se desinhibió e hizo que sus manos fueran en busca de lo que más deseaban.
María sintió profanado el santuario de su amor cristalino, si bien nada deseaba tanto como entregar las llaves y ofrecerse en sacrificio. A la confusión del momento ella agregó rasguños y mordidas que, por un momento, reencendieron los ímpetus en Juan. A estas alturas, las bocas eran cloacas; el aliento, nauseabundo, y la mezcla remanente en sus bocas los tenía al borde del vómito. Rasguños y mordidas aumentaron en violencia. ¡Maldita perra!, pensó Juan cuando sintió las uñas clavarse en su espalda. ¡Estúpido!, pensó María, al sentir las salvajes garras sobre sus pechos. Ahora se mordían con ganas de arrancarse los labios.
Cuando por fin se separaron, sus sentimientos eran un mar revuelto, dominado por la vergüenza, herencia de la pareja primordial. Para no mirarse, permanecieron abrazados y en silencio. Luego se tomaron de la mano y caminaron por el parque. Delante de ellos un niño tras su pelota provocó el vuelo repentino de cien palomas. María sonrió, se abrazó a Juan y así se adentraron en la distancia. Al ver el sol naufragando en el horizonte sintieron apremio por ir al encuentro de su destino.
Víctor Olguín