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64.- Los insectos, los aretes, los zapatos

mayo 10, 2009

Llego a la universidad y me detienen.

¿Ha presentado algún síntoma?

Todo en orden, les digo.

Y, entre la puesta del brazalete que me señala como no peligrosa y el desinfectante, se me cae mi agenda.

Mi agenda, Dios mío.

Está ya muy desgastada, dice la chica de bata blanca.

Sí.

Está ya muy desgastada.

¿Cómo es que han pasado tantas cosas? Todavía no es mitad de año y los papeles ya no caben, y las hojas ya se rompen, y el elástico que está ahí para impedir que todo se desmorone ya presenta zonas frágiles y parece que va a romperse de un momento a otro.

Se va a romper.

Pero no retrocedo.

Inmediatamente recojo mis cosas y tiro una cáscara de plátano y el tronquito de la pera que me diste al dejarme en la universidad.

Se me va a romper.

Ya dentro, me avisan de la contingencia.

Cristal, Ihtzel, Rosa y yo nos encerramos en una habitación.

Pero vienen más.

Sabemos que vienen más.

Ahí vienen.

El cuarto empieza a llenarse y decidimos refugiarnos en el balcón: los cristales rodean el balcón por todos lados y así no nos infectaremos.

Rosa tiene una idea: cubramos con yeso todas las posibles ranuras.

Me parece excelente y le digo que sí, que las cubra.

Y ella toma un poco de yeso con sus dedos y lo embarra en la ranura de la ventana.

Y algunas pobres hormigas quedan atrapadas, sepultadas vivas, mientras sus hermanas corren desesperadas.

El cuarto, para entonces, ya está lleno de gente.

Y silencio.

Silencio.

Mi madre arroja arroz a las esquinas.

Para protegernos, dice.

Pero ya vienen.

Y las hormigas ya están haciendo un hoyo en aquella esquina.

Ahí vienen.

El ruido de los aviones nos impresiona a todos. Ensordece. Se abren puertas. Se cierran puertas. Y el zumbido por todos lados.

Miles de aviones rozan el jardín en sus piruetas.

Están volando muy bajo.

El pasto se agita cada vez que lo raspan.

Se me va a romper.

Y, ya de cerca, los aviones no son sino ellos.

Son ellos.

Siento los seis picos de sus patas peludas en mi espalda cuando pasan cerca.

La gente corre.

Todos corren.

Yo corro.

Llego a la farmacia y la doctora me acaricia y va por unos aretes que ha comprado para mí.

Son tan lindos.

Muchas gracias.

Ella me sonríe y Aurora se molesta.

No le gusta mucho que me hayan regalado estos aretes.

Pero son tan lindos.

Debemos quedarnos dentro del cuarto verde, dice Cristal.

En el cuarto verde no hay paredes.

Pero es nuestro cuarto y aquí debemos quedarnos.

Fuera de él hay tantas cosas que pueden hacernos daño. Tantas.

Es mejor aquí.

No se me vaya a romper.

Aquí.

Y yo que ya no aguanto los zapatos.

Xitlally Rivero Romero


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