57.-

mayo 16, 2009

La calle estaba apenas iluminada por unas cuantas farolas. La silueta se deslizó sigilosa hasta alcanzar el edificio de dos plantas. El velador no representaba un riesgo, pues apenas había entrado al quinto sueño. La intrusa permaneció unos minutos en las escaleras. Le gustaba sentir el peso de la adrenalina.
Si todo salía bien, la recompensa sería jugosa. Así se lo había prometido la persona que le contrató. En definitiva: no podía darse el lujo de fallar. Dudó por unos segundos. Al fin tomó una decisión. Se encaminó hasta el departamento número equis. Llegó hasta su puerta; no traía llave, ni la necesitaba. Entraría por la ventana. Él siempre la dejaba abierta y esta vez no fue la excepción.
Se introdujo con agilidad. De pronto la invadió un pensamiento aterrador: quizás él no se encontraba en casa. El tipo era de hábitos nocturnos. Sus cavilaciones se vieron súbitamente interrumpidas por unos sonidos demoledores. Eran ronquidos. Esta era la confirmación que ella esperaba. La hora había llegado. Suspiró.
No quiero errar. Mi puntería siempre ha sido buena. Que no falle, por favor.
Un paso. Dos. ¿Cuántos fueron? No los contó. Le preocupaba sobremanera la posibilidad de tropezar con algún mueble y hacer ruido. La puerta de la recámara estaba entreabierta. Entonces lo vio. Dormía profundamente. Necesitarían repicar una campana encima de él para despertarlo. Ya estaba lista para la estocada final. Se colocó a unos centímetros de la cabeza del sujeto. Lentamente bajó la suya… y lo besó.

Dra. Lewis

58.- Primera jornada

mayo 11, 2009

Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera [¡ja!] Transición [¡jajaja!] Democrática [---el autor se acaba de orinar de tanto reir---] llegado al número de nueve cuando a la egregia ciudad D(e)F(lorencia), polutísima comparada con todas las ciudades de Italia [por supuesto –diría el cosmopolita- ¿Cómo comparar el 1er y el 3er Mundo?], llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores [o inferiores, según el tamaño del chancho y de la persona con la que se compara] o por nuestras acciones inicuas [recordad la prohibición de monseñor Norberto Rivera de ingerir carnitas durante la Semana Mayor] fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios [y por la ambición de Sanofi-Pasteur] para nuestra corrección, que había comenzado algunos días antes en las partes orientales [específicamente en una granja ubicada en Perote, Veracruz] privándolas de gran cantidad de vivientes [y malvivientes, que la peste se lleva tanto ciudadanos ejemplares como lacras sociales] y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias [léase estudiantes] ordenada por los encargados ello y la prohibición a todos los enfermos [y no enfermos] de comer fuera y los muchos consejos dados para conservar la salubridad), ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas [y dirigidas a las farmacéuticas por aquellos más realistas] no una vez, sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras [¿aquelarres? ¿sacrificios humanos a Huichilobos?], casi al principio de la primavera empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos.

Y no era como en Oriente, donde a quien salían mucosidades por la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o cerca de las axilas ciertas hinchazones [el proceso se denomina PU-BER-TAD] que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo [dependiendo del sexo], y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo [el pueblo siempre con sus eufemismos, yo les digo simplemente, tetas]. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba [las lesbianas y los hombres heterosexuales generalmente no las consideramos "pestíferas"] a extenderse cualquiera de sus partes indiferentemente [eso sí no nos gusta], e inmediatamente comenzó la calidad de dicha enfermedad a cambiar en manchas negras [pero si fueran güeritas ni protestaban, ¿verdad?] o lívidas [OK, me retracto de mis comentarios susceptibles y victimistas] que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes [y yo que creía que venían por pares].

Y así como la buba había sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura [eso si que es una imagen pachequísima: la madre lactante como augurio de que desde le nacimiento tenemos firmado un pacto con la muerte… ¡hsssst! ¡güeeeeeey!], lo mismo eran éstas a quienes les sobrevivían. Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna [¿no leyeron que el virus AH1N1 es una nueva mutación nunca antes vista?]; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban no supiesen por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban [aunque el secretario de Salud diga lo contario] sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, morían.

Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho [otra forma de verlo es que los enfermos querían que los sanos disfrutaran también de los amorosos cuidados y atenciones de una enfermera malencarada y malhumorada]. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocado o usada por aquellos enfermos [por eso la recomendación de lavarse las manos frecuentemente]. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos míos propios [y se quejan del "oríllese a la orilla" y del "suba para arriba"] no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, digo que, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en la vía pública y, tropezando con ellos dos puercos y, como según su costumbre se agarrasen y le tirasen al hombre de las mejillas [ojo por ojo y... buche y nenepil por buche y nenepil], un momento más tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos [¡vaya! ¿quién pensaría que los taquitos de homo sapiens sapiens le causan empacho a los marranitos?]. De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos [¿alguien dijo teorías de conspiración?], y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas [¿crueldad? no es más que simple precaución]; y haciéndolo cada uno creía que conseguía la salud para si mismo.

Y había unos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo [algunos le llamamos pobreza extrema] debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquellos que se pudiese [algunos les llamamos también cerdos-capitalistas-burgueses-hedonistas]. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad estaba la reverenda [pendeja] autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y desecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos [se vale soñaaaar…]. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intemedia ni restringiéndose en las viandas como en los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito [según Dante, los lugares mas calientes del infierno están reservados para los indecisos y para los vacilantes, asi que deciden... o deciden].

Algunos eran de sentimientos más crueles [yo diría prácticos] diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste como huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de si mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casa, sus posesiones y sus parientes y sus cosas [¿escuché acaso Acapulcazo?], y buscaron las ajenas, o al menos el campo. Si yo pudiera contar todo lo que mis ojos presenciaron, ¿oh cuántos memorables linajes, cuántas famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo [aquí viene Marcelo y su Ley de Extinción de Dominio]. Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres [creo escuchar los animados pasos de un necrofílico], cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo…

Finalmente, otros decidieron que la mejor solución eran el enclaustramiento, y se preparon para vivir en el ostracismo hasta que la peste cediera [o hasta que se terminaran las maruchan, lo que sucediera primero] y, pensando que lo mejor forma para matar el tiempo sería [sin contar claro, saludarlo de mano o de beso] contando una historia, se decidió que cada nueva jornada uno de los enclaustrados compartiría un texto con los demas. La peste cedió [o eso dice el Secretario de Salud] antes de la siguiente luna, pero los que se decidieron por el encierro, estuvieron tan a gusto que se quedaron contando, recitando y escuchando, cien días con sus noches, de modo que cien historias fueron contadas en aquellos días en que la peste azotó la ciudad.

Jacques “El fatalista”

59.- La influenza en el cine

mayo 11, 2009

Se me ocurre ir al cine con las normas de contingencia debidas a la influenza, por lo que había de dejar dos asientos y una fila vacía para disfrutar de la película, ni modo, no había forma de robarle los pistaches ni las pepitas a ninguna despistada, además el menú (de la cartelera) no era muy apetecible. Había una colombiana, de hecho si hago memoria, la única buena peli de ese país sería La virgen de los sicarios basada en la novela homónima de Fernando Vallejo, pero aun así decidí correr el riesgo y aposté por Paraíso Travel del director Simón Brand.

El filme viene con un delicioso soundtrack encabezado por Fonseca, no sé si lo recuerdan por la rola Te mando flores, y algunos actores mexicanos hacen su aparición en roles secundarios como la autonombrada nueva Salma Hayek: Ana de la Reguera quien aunque no lo crean se atreve a cantar (a pujar diría yo) y el chile de todos los moles Jesús Ochoa.

El reparto principal lo forman por supuesto actores colombianos como Aldemar Correa y Angélica Blandón pero la que se roba la cinta con su actuación con sólo dos breves escenas resulta ser la quasi cincuentona pero todavía apetecible Margarita Rosa de Francisco gracias desde luego a la bien llevada dirección más que a sus dotes histriónicos, para los que suelan ver telenovelas pueden ubicarla como la protagonista de Café con aroma de mujer.

Se trata de un movie road, braceros al estilo colombiano, el director por medio de flash backs nos muestra los padecimientos para llegar a Nueva York de una pareja, a quienes luego de dorarles la píldora se les hace creer que serán transportados por una agencia de viajes llamada precisamente Paraíso Travel la cual luego de cobrarles una fortuna en dólares, les lleva en avión sólo hasta Guatemala y de allí aterrizan a la realidad no de ir en segunda sino en quinta clase, deben cruzar el Río Suchiate a nado y sufrir veinte mil penurias más, para luego atravezar por Reynosa la frontera rumbo a su otro paraíso, la ciudad de los rascacielos ya sin sus mellizas torres.

Al menos los emigrantes mexicanos saben decir yes y thank you, pero los colombianos no llegan ni a eso por lo que después de instalarse en un cuartucho el protagonista sale del edificio, mas lamentablemente se extravía, luego de su separación, se convierte en una película de búsqueda pero sólo por una de las partes, aunque la otra también busca a otra persona.

Si tienen oportunidad de verla se las recomiendo, no es la octava maravilla del mundo pero tiene algunas sorpresas, un final abierto y una grata forma para acercarnos al cine de ese país, por lo pronto le doy tres estrellas de calificación.

Mario Waits

60.- Días de epidemia: Mañana libre

mayo 11, 2009

La epidemia omnipresente. Las quietas calles, poca circulación de coches. La gente, – cabeza agachada -, tapabocas y pañuelos, ¡cuidado con las vías respiratorias!

La actividad comercial, de servicios y restaurantera: detenida; los sitios transaccionales, dependencias federales y privadas: cerrados.

Mi dedo afuera de la ventana: siento la densidad del tiempo evanesciendo en partículas…así de lento pasa.

Pero pasa: lo veo apacentarse en todo lo que toca: roza a la planta y le deja una flor: roza a mi coche y lo deprecia: roza a mi casa y la devalúa: me roza a mi y me aparto dos pasos como si de algo sirviera. Roza las palabras, las pule como el río a la piedra.

El tiempo es al aire. Se posa como el polvo trayendo quietud benévola sobre una población calladamente apanicada.

Alivia mucho ese silencio, este apacentamiento humano involuntario, pero nunca se le quita esa cicatriz de desesperanza.

De la calle vienen los gritos. Es el guardia explicándole a la vecina porqué no vino el jardinero. “Es que estaba cansado, por eso se tomó la mañana libre”,  “Crudo será”, replica ella con enojo que enfatiza con portazo.

Me río mucho. El tiempo empieza a fluir como un aplauso.

Elia Martínez-Rodarte

61.- ¿Cuál es la mejor religión?

mayo 10, 2009

UN ATEO PLATICA CON DIOS

COSA CURIOSA, DESDE NIÑO NUNCA LE ATRAJO NINGUNA RELIGIÓN y por lo mismo no asistía a ningún tipo de iglesia o templo. Más grande cuestionaba muchas cosas que le decían eran dogmas de fe. Todos aquellos que lo conocían -o creían conocerlo- empezaron a decirle “oye, eres un ateo”, y empezaron a criticarle sus ideas.

Él era feliz, pues se consideraba un librepensador y además, con su actitud no le hacía daño a nadie, al contrario, apoyaba a todo aquel que le solicitaba ayuda.

Lo chismes y habladurías llegaron a preocuparle tanto que se puso a cavilar: ¿“caramba, en verdad  seré eso que dicen que soy?

“Siempre me han dado miedo las religiones. He aprendido que son tan beligerantes –pensaba- y hay en ellas tan poca tolerancia. Quienes son muy religiosos suponen que su religión es la única verdadera, y odian, desprecian, compadecen y ven como animal raro a quienes no piensan como ellos o pertenecen a otra. Por motivos de religión los hombres se han perseguido unos a otros, se han matado; en el mejor de los casos las diferencias de religión son de  origen de suspicacias y de hostilidad; -se dijo a si mismo-. Continuó: creo que la mejor religión es el amor; y el mejor rito religioso consiste en hacer el bien, pues el bien no  es otra cosa que el amor que se ha levantado las mangas para trabajar”.

Si Dios es amor—otra cosa en verdad no puede ser-, entonces quien hace el bien lo adora mejor que en cualquier ceremonia. Nadie diga –menos presuma-que es persona religiosa si no hace el bien a los demás. Amar y hacer el bien; he ahí la liturgia más hermosa y santa”.

Siguió reflexionando: “si desprendemos la epidermis de hipocresía que cubre la realidad, veremos que en el mundo han sido y son más los ateos que los creyentes. El cotidiano y reiterado desacato a las leyes divinas denota más incredulidad que Fe. Quien transgrede conscientemente la PALABRA DE DIOS, DEL SEÑOR, DEL OMNIPOTENTE, etc. una y otra vez, no cree en Él”.

“ATEO es quien miente, engaña, difama, abusa o roba. ATEO es quien peca, se confiesa, cumple su penitencia y sigue pecando. ATEAS son las señoras chismosas, insidiosas, intrigantes o livianas, aunque se cuelguen 10 rosarios en el cuello y recorran el templo de rodillas, o quienes al comenzar el día leen un pasaje de la Biblia y un minuto después están –hipócritas-atacando al primero que se les pone enfrente; y aquellas –y aquellos- que desatienden su casa y familia para andar predicando –fastidiando- de puerta en puerta la palabra de DIOS, y presumen como algunas artistas ante las cámaras de T. V. “anoche estuve platicando con Jehová”.   ATEOS son quienes se engañan a sí mismos, jurando en un Dios, al que menosprecian y deshonran, porque, fariseismo a un lado, ningún significado respetable tiene para ellos.

¿Pero, qué creen? En cierta ocasión levantó su mirada al cielo y preguntó: ¿Señor, los ATEOS van al cielo? No escuchó los clásicos sonidos de los rayos, relámpagos y trompetas, pero sí una voz muy lejana y clara que le dijo: “los buenos sí. Sólo que en ese Cielo me escondo un poco, -dijo sonriendo con picardía- para que los ATEOS no me vean y sientan vergüenza de su error”.

“Entonces –volvió a preguntar desconcertado-¿No es necesario creer en TÍ para salvarse?”

“N’hombre; mira, para que no batalles, pon mucha atención a lo que te voy a decir: todos los que hacen el bien creen en Mí –contestó Dios-aunque no crean. Así de esas. Quien ama está predicando la mejor religión, no le des más vueltas. Lo que salva es el bien. Si el que lo hace no cree en Mí, eso no importa, me vale; pues yo si creeré en él. La salvación está en el amor. Para bien tus orejas: de todas las religiones, –sin excepción- se podrá dudar, pero del amor no puede dudar nadie, nadie, nadie, nadieeeeee…

Al escuchar estas sabias explicaciones respiró hondamente y con tranquilidad, sintiendo que se quitaba –como Pípila- un gran peso de encima, pues se enteró de que, sin saberlo, siempre había practicado la verdadera y única religión: la del AMOR.

Quería gritar a los cuatro vientos que ¡¡No era ateo!!!! que jamás lo había sido, pero se contuvo…

Ahora sabía firmemente que:

¡Los ateos eran otros!

Esteban Ovalle Carreón

62.- Los tres cochinitos bossa nova

mayo 10, 2009

Un día como cualquier otro en el enorme libro de fantasías, tres cerditos forman una pandilla de rimas infantiles a cambio de arrendar el mundo mágico. La piara duerme en la misma cama y dan cuenta que sus cuerpos son, de una manera extraña, agujeros en el gran sueño de la estancia. Tú también estás callado e inmóvil, pensando que la vida es dura en esto y aquello, hasta descubrir una vez más que vivir del cuento es nuestro oficio.

-Yo construiré mi casa con lianas y paja. Así, terminaré muy pronto y podré ir a tocar mi flauta –dice el primer cerdito. Dejando en claro que no sabe hacer nada más.

-Yo construiré mi casa con leña de los alrededores y barniz. Así, terminaré a la par de mi hermano y podré ir a tocar mi violín –dice el segundo cerdito. Convencido de que no haya que reinventar nada.

    -Puercos, ustedes dos pueden jugar y cantar mientras yo apilo ladrillos con mezcla, pero yo estaré seguro en mi casa al final del día en el caso que el lobo feroz toque a mi puerta –regaña el tercer cerdito.

    -¿Quién teme al lobo feroz? –exclaman los músicos burlonamente al unísono. Contentos de crecer juntos, aunque alguien entre ellos sea un opulento marrano.

    Un golpe de címbalos cambia la escena. Detrás de un árbol surge el lobo, rugiendo de hambre imperfecta y fraguando un plan. Cual visitador del juzgado civil, se encamina a las viviendas terminadas.

    -¿Quién es? –pregunta la voz chillona en el interior.

    -Soy una pobre oveja perdida. Por favor, permítanme entrar a su guarida.

    -No, no, no, lobo feroz. A nadie engañas con ese disfraz y voz de abuelita.

    -Entonces, soplaré y soplaré y tu casa derrumbaré…

    Y se puso a soplar tan fuerte como el viento de invierno. En tres ocasiones, la arquitectura es amenazada con una palma invisible que la transforma en ruinas, en chiquero inicial. El simple hecho de levantarse de la silla o soltar un bostezo, puede acabar con el relato en este punto, pero la venganza es un plato que se sirve frío. Ahora, Papá cerdito toca al timbre de la puerta, mientras el lobo se esconde en su casa, a piedra y lodo.

    -Sal de tu escondite, o estornudaré y estornudaré y de influenza te contagiaré…

    El fin del cuento es breve y penoso, idéntico a la historia de nuestro país.

    Leticia López Figueroa

    63.-

    mayo 10, 2009
    Sucede que un tipo para acortar veredas cruza por el barrio El Nacional donde ve dormida en la banqueta a una mujer a la que confunde con una amiga, le gustaría despertarla pero le urge comprar un ramo de rosas para otra mujer a la que ama. Pero a última hora pide a la florista que las envíe con un mozo a la que lo trae precisamente del ala herida.
    El tipo, quien se dice escritor, regresa a buscar a la mujer dormida, después de haber comprado un botella de ron, la cual poco a poco ingiere en la calle sin cuestionarse si existe ley o cosa que se le parezca. El barrio El Nacional cobija en su mercado el ansia de la gente pobre que ingiere comida barata y si se le cae una tortilla la levanta, porque siempre es más dura el hambre que las reglas elementales. Ahí pertenece la mujer dormida, que ya anda bien despierta cuando el excritor, la ve entrar al bar donde él bebe una caguama, ajeno a la influenza, a las buenas costumbres y a sí mismo. No es mi amiga, piensa el escritor, pero se le parece y da lo mismo. La alcanza y entran al Bar.
    Zacarías Jiménez Méndez

    64.- Los insectos, los aretes, los zapatos

    mayo 10, 2009

    Llego a la universidad y me detienen.

    ¿Ha presentado algún síntoma?

    Todo en orden, les digo.

    Y, entre la puesta del brazalete que me señala como no peligrosa y el desinfectante, se me cae mi agenda.

    Mi agenda, Dios mío.

    Está ya muy desgastada, dice la chica de bata blanca.

    Sí.

    Está ya muy desgastada.

    ¿Cómo es que han pasado tantas cosas? Todavía no es mitad de año y los papeles ya no caben, y las hojas ya se rompen, y el elástico que está ahí para impedir que todo se desmorone ya presenta zonas frágiles y parece que va a romperse de un momento a otro.

    Se va a romper.

    Pero no retrocedo.

    Inmediatamente recojo mis cosas y tiro una cáscara de plátano y el tronquito de la pera que me diste al dejarme en la universidad.

    Se me va a romper.

    Ya dentro, me avisan de la contingencia.

    Cristal, Ihtzel, Rosa y yo nos encerramos en una habitación.

    Pero vienen más.

    Sabemos que vienen más.

    Ahí vienen.

    El cuarto empieza a llenarse y decidimos refugiarnos en el balcón: los cristales rodean el balcón por todos lados y así no nos infectaremos.

    Rosa tiene una idea: cubramos con yeso todas las posibles ranuras.

    Me parece excelente y le digo que sí, que las cubra.

    Y ella toma un poco de yeso con sus dedos y lo embarra en la ranura de la ventana.

    Y algunas pobres hormigas quedan atrapadas, sepultadas vivas, mientras sus hermanas corren desesperadas.

    El cuarto, para entonces, ya está lleno de gente.

    Y silencio.

    Silencio.

    Mi madre arroja arroz a las esquinas.

    Para protegernos, dice.

    Pero ya vienen.

    Y las hormigas ya están haciendo un hoyo en aquella esquina.

    Ahí vienen.

    El ruido de los aviones nos impresiona a todos. Ensordece. Se abren puertas. Se cierran puertas. Y el zumbido por todos lados.

    Miles de aviones rozan el jardín en sus piruetas.

    Están volando muy bajo.

    El pasto se agita cada vez que lo raspan.

    Se me va a romper.

    Y, ya de cerca, los aviones no son sino ellos.

    Son ellos.

    Siento los seis picos de sus patas peludas en mi espalda cuando pasan cerca.

    La gente corre.

    Todos corren.

    Yo corro.

    Llego a la farmacia y la doctora me acaricia y va por unos aretes que ha comprado para mí.

    Son tan lindos.

    Muchas gracias.

    Ella me sonríe y Aurora se molesta.

    No le gusta mucho que me hayan regalado estos aretes.

    Pero son tan lindos.

    Debemos quedarnos dentro del cuarto verde, dice Cristal.

    En el cuarto verde no hay paredes.

    Pero es nuestro cuarto y aquí debemos quedarnos.

    Fuera de él hay tantas cosas que pueden hacernos daño. Tantas.

    Es mejor aquí.

    No se me vaya a romper.

    Aquí.

    Y yo que ya no aguanto los zapatos.

    Xitlally Rivero Romero

    65.- Souvenirs de una pandemia

    mayo 9, 2009

    En el transcurso de la semana se manejo la información que muchas veces era confirmada y luego era contradicción. Entonces el pánico sucedió los primeros dos días y aun enfrentándonos a una situación de extrema gravedad para el miércoles la llave se había cerrado bastante y el pánico había disminuido, hasta que se declaro Pandemia. No es novedad, hay una relación directa – que podría llamarse manda – entre el medio masivo de mayor alcance y el comportamiento de la nación. No lo menciono para restarle importancia a lo que sacudió el mundo, sino para entender el papel de público cautivo que nos ha tocado jugar, desde esta situación hasta la mas trivial , y que no solo por tener asignado este rol cautivo, pasivo es obligatorio aceptarlo, mas bien es necesario explorar todas las fuentes de información posible.

    De cuando en cuando es bueno enfrentar este tipo de situaciones, donde es difícil entender la discriminación y aceptar las puertas cerradas de países vecinos, digo que es bueno, por que ciertamente no somos el país mas rico ni el mas poderoso, pero si somos capaces de compartir todos los recursos que tengamos a la mano. Tal vez no sea mucho pero si es todo. Nos movemos por una fe que no puedo explicar totalmente, que cree en la buena intención del hombre y que se justifica con el corazón, con el mas grande. Si, como en cualquier lugar existe de todo, pero eso no rige a la mayoría de los mexicanos. El acertado jingle de Bimbo: Este es mi país y esta es mi gente, gente buena que trabaja, que lucha y que siente.

    Y justo ahora cuando la Influencia ya ha sido amada y odiada, cuando ya ha sido declarada emergencia nacional y también material explotable para los chistes que acompañan las reuniones – las que no deberían de llevarse acabo – y las cadenas, diestra y siniestra saturan el correo.
    Justo ahora, una semana después, cuando el riesgo ha bajado considerablemente, cuando las empresas “socialmente responsables” tienen televisión, radio y prensa saturado de mensajes y medidas orientadas a la enfermedad, cuando al menos podemos rescatar los que seguimos trabajando la vida sin trafico por unos días y así compensamos un poco al escuchar a todos los que dicen estar aburridos y odiando las vacaciones. ( Levanto la mano, cambiemos lugares)
    Ahora, se ha presentado recursos humanos repartiendo un tapabocas estilo industrial, el cual tiene un gran inventario y podemos cambiar cada dos días.
    Justo ahora, tenía mucho sueño y sed por el calor, cuando voy en busca de café y un vaso de agua no encuentro ningún recipiente en dos de los pisos de la compañía, regreso a mi lugar para leer un mail que se titula Boletín Preventivo, se han retirado todas las tazas y vasos para evitar la propagación.

    Me ha inspirado a escribir y sin intención de ser grosera, gracias, nos hemos educado hace una semana.

    Un par de tapabocas , un bote desinfectante, nuestro descanso, los días en casa, el pánico, el hastío del tema, de los chistes que fueron creados en mayor cantidad, mas efectivos, con mayor ingenio, mas nocivos y mas desagradables que las campañas de todos los candidatos del estado, el camino en picada de los pequeños negocios y el exagerado crecimiento los grandes, que en cuanto termine esta sensación, también sera camino en picada, el futuro, el enfrentamiento de México ante una pandemia y la crisis mundial, los estadios vacíos, la ciudad que es lo nunca fue, la conciencia e innumerables imágenes y lecciones que recordaremos y aprenderemos.
    Los souvernirs de una pandemia.

    Rocamadour

    66.- Run

    mayo 9, 2009

    Había dos formas de escapar y él no sabía como hacerlo, la primera de ellas era buscar una cura y continuar la vida que tanto le había dado, la segunda, aunque menos optimista se balanceaba en su mano izquierda, zurdo por naturaleza, siempre lo habían visto raro en la escuela, cuando era pequeño sobre todo las maestras que lo obligaban a escribir como los demás niños, los “normales”, este recuerdo se le quedo clavado lo suficiente para tenerlo tan claramente. En aquellos años de escuela tendría 11 cumplidos cuando les dejaron leer sobre la epidemia que había azotado al mundo allá por los 1910- 1920´s y que en menos de 3 meses ya le había dado completamente la vuelta al mundo matando a millones, se sintió parte de la narración tan clara y detallada: de los ataúdes tirados en la calle a los cuales les escurría sangre por no estar bien sellados, los muertos apilados en las calles porque las carretas que los recogían no se daban abasto, los más pobres que tenían que envolver en sabanas o petates a los suyos. La imagen final de la sintomatología siempre le venia a la mente de aquella lectura lejana pero que se había vuelto recurrente en sus pesadillas, cuando las personas presentaban hemorragia nasal era el fin, no había cura, hoy, sentía que se hacia realidad ese sueño.

    Recargado en la pared y sin esperanzas el sudor recorría su cuerpo, como odiaba el sudor, siempre sufría a cualquier aumento de temperatura, sudaba demasiado y casi siempre lo ponía de malas el calor, y que decir ahora que todo su cuerpo emanaba lo que mas odiaba, la fiebre aumentaba, sus ojos rojos vidriosos dejaban ver claramente las escenas, la gente corriendo otros gritando, otros peleando por lo elemental, no tenia miedo a eso porque creía que era parte de su mundo generado por sus pesadillas cuando le daba fiebre, como amaba esas pesadillas, hasta lo gozaba, siempre que tenia temperatura y despertaba al primero que se encontrara le platicaba sus pesadillas, cuando no las escribía para llevar un registro, de vez en cuando volvía a ellas para sentir ese placer de nuevo. Ahora ese placer era desagradable porque era una pesadilla tan vivida que le provocaban nauseas.

    Lentamente levanto la mano izquierda y se escucho una detonación, su visión se volvió borrosa y poco a poco se resbalo rozando la pared hasta caer al suelo, su rostro se deslizo completamente hasta tocar el piso, poco a poco sentía como emanaba la sangre por la nariz, su tranquilidad se reflejaba en el rostro, el calor de su cuerpo desaparecía, el sudor ya no era insoportable, amaba esa sensación, amaba escapar, alegre y sin sentido sabia que lo había logrado…

    Rojo


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